En ocasiones veo antenas. Sí. Ya sé que es el título de esta cosa que escribo cuando tengo un rato (mejor dicho: cuando tengo un rato, ganas, no estoy cansada, no me duele la cabeza... y no tengo otras alternativas más interesantes para pasar el rato ése). A lo que iba: que en ocasiones veo antenas. Y que por eso le puse este título al blog.

Más que 'antenas', debería decir 'veo antena'. Y no en ocasiones: la veo a diario. Salgo del metro... y, zás, ahí está: viendo pasar el tiempo como la Puerta de Alcalá, sólo que en este caso en el tejado del edificio donde paso mis reglamentarias 39 horas semanales. Ahí, plantadita en la azotea. Blanquirroja. Recortándose en el cielo de Madrid. Con sus cables, sus parabólicas, sus repetidores... Y, como digo, es que es salir del metro, elevar la vista... y la antena.

Y es que las antenas es lo que tienen, que son muy visibles. Les va en la naturaleza de antena, supongo. Y si a eso le añadimos que se suelen poner en edificios altos y que ellas mismas suelen ser espigaditas, pues se las vé más. Aunque no es para eso para lo que se ponen, sino para que ejerzan mejor su cometido. El de obtener cobertura, básicamente.

 El título del blog. Como digo, debería decir 'A diario veo antena. La misma'. Pero es que el daño psicológico colateral de tener la antena ahí, como referencia y reclamo, como símbolo de 'estás llegando al curro. Y cuando te vayas aquí me quedaré, esperándote', es que las antenas llaman más la atención. Esto viene a ser como cuando alguien se rompe un hueso y lo escayolan...y, de pronto, es como si hubiera cientos de escayolados por las calles: no se ven más que tipos con yesos. Ó las embarazadas: darle a una la feliz noticia y empezar a ver barriguitas felices y carritos infantiles a mansalva es todo uno. Pues con las antenas, igual. Y no es que haya más escayolados, ni más preñadas ni más antenas... es que nos fijamos más.

El mundo está llenito de antenas. Pero la nuestra es la mejor.

Y es que (no todos. Pero conseguiremos que la gente se adhiera. Que vea la luz, digo, la antena. Que por increible que parezca, hay a quienes le mencionamos la antena... y no saben de qué hablamos... ¿Será que su falta de fé les impide verla...???) nosotros a nuestra antena le tenemos un apego, una admiración..., vamos, sólo comparable a la que sentían por Faulkner los manchegos de 'Amanece que no es poco'. Que tenemos (ya digo: no todos..., ya se andará) decorando nuestro habitáculo telefónico diario una foto de la antena, ahí, enhiesta, en todo su esplendor. ¿Para...? Bueno, se podría pensar que en plan 'ojo del gran hermano' (el de Orwell, no el de la Milá). Pero no: es para rezarle. Sí, a la antena. ¿Que qué se le reza a una antena? Pues !!qué va a ser!!! Pues rogamos para que se caiga. No en el sentido literal (esto es: que si se cae sobre la azotea... que nos pille fuera del edificio, que debe pesar y estamos debajo), sino en el de 'no desempeñar sus funciones'. Que nos quedemos sin cobertura, vaya. Que se estropee y no trabajemos en un rato. A veces, nos hace caso. Ya, ya sé que parecerá que es casualidad... pero, quía.... En un edificio donde hay una mega-antena no hay lugar para las casualidades. Y menos si es propiedad de La MAYESTATICA (sin tilde).

Y en algo con pretensiones de secta, como es esto nuestro... en lo último que se pierde la fé es en los símbolos... Así que seguiremos adorando a la antena. A ver si se cae de una puñetera vez. Aunque... en su ausencia... seguiremos viendo antenas...

(Definitivamente: ando muy, pero que muy, perjudicada psíquicamente. A ver... qué se puede esperar de alguien que pasa ocho horas diarias encerrada en un edificio sin ventilación, con un ascensor anárquico y una mega-antena en el tejado. Pues esto).